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SIBO: por qué se produce el sobrecrecimiento bacteriano y cómo recuperar el equilibrio digestivo

miércoles, 14 de enero de 2026

El fenómeno del SIBO (Sobrecrecimiento Bacteriano en el Intestino Delgado) ha pasado de ser un gran desconocido a convertirse en uno de los temas más comentados en las consultas de aparato digestivo. Este aumento del interés no es casualidad; responde a la necesidad de miles de personas que, durante años, han convivido con molestias abdominales persistentes, gases e hinchazón sin encontrar una explicación clara a su malestar. A menudo, estos pacientes han sido diagnosticados de forma genérica con colon irritable o dispepsia funcional, cuando la raíz de su problema se encontraba en un desequilibrio de la población bacteriana de su intestino.

Recibir la noticia de que se padece SIBO suele generar una mezcla de alivio y confusión. Por un lado, el paciente por fin tiene un nombre para sus síntomas, pero por otro, se enfrenta a una gran cantidad de información contradictoria, especialmente en entornos digitales, sobre qué comer o qué suplementos tomar. Es fundamental abordar este problema desde una perspectiva médica rigurosa, entendiendo que el SIBO no es una enfermedad en sí misma, sino más bien la manifestación de que algo en la fisiología del sistema digestivo no está funcionando correctamente.

Recuperar la normalidad digestiva pasa por mirar más allá de la superficie y entender los mecanismos que mantienen nuestro intestino limpio y funcional. No basta con atacar el síntoma momentáneo; la clave reside en identificar qué pieza del engranaje ha dejado de girar correctamente para evitar que el ciclo de hinchazón y malestar se repita. Cuando el paciente comprende que este proceso tiene una explicación clínica y que existen herramientas precisas para revertirlo, la incertidumbre da paso a un plan de acción claro. Lo que hoy parece un laberinto de intolerancias y molestias puede transformarse en un camino de sanación donde el objetivo final es, sencillamente, volver a vivir sin que el abdomen condicione el día a día.

¿Qué es exactamente el SIBO y por qué ocurre este desequilibrio?

Para comprender el SIBO, debemos visualizar nuestro sistema digestivo como un ecosistema perfectamente organizado. El intestino grueso o colon es el lugar donde reside la gran mayoría de nuestra microbiota, esos miles de millones de bacterias que nos ayudan a digerir fibras y producir vitaminas. Por el contrario, el intestino delgado está diseñado para ser un lugar de paso, donde se realiza la absorción de nutrientes y donde la densidad bacteriana debe ser significativamente menor. Cuando, por diversas razones, las bacterias del colon migran hacia arriba o las que ya están en el delgado se multiplican en exceso, se produce lo que conocemos como sobrecrecimiento bacteriano.

Este exceso de bacterias en el lugar equivocado genera problemas porque estas empiezan a alimentarse de los carbohidratos que ingerimos antes de que nosotros podamos absorberlos. Al fermentar estos alimentos, las bacterias producen gases como hidrógeno, metano o sulfuro de hidrógeno, que son los responsables directos de la distensión y el dolor. No se trata de que las bacterias sean "malas" por naturaleza, sino de que su presencia masiva en el intestino delgado interfiere con los procesos normales de digestión y absorción, pudiendo llegar a inflamar la mucosa intestinal.

El papel crucial del complejo motor migratorio

Uno de los mecanismos más fascinantes y menos conocidos de nuestra salud digestiva es el complejo motor migratorio. Podríamos definirlo como el "servicio de limpieza" del intestino. Se trata de una serie de ondas eléctricas y musculares que ocurren durante los periodos de ayuno, generalmente entre las comidas y mientras dormimos. Su función principal es barrer los restos de comida, detritos y bacterias sobrantes desde el intestino delgado hacia el colon, manteniendo así la higiene y el equilibrio de la zona alta del aparato digestivo.

Cuando este sistema de limpieza falla o se debilita, las bacterias tienen la oportunidad de asentarse y proliferar en el intestino delgado. Existen múltiples factores que pueden alterar este mecanismo, desde periodos prolongados de estrés crónico hasta el hábito de "picar" constantemente entre horas, lo que impide que el ciclo de limpieza llegue a completarse nunca. Comprender la importancia de este proceso es vital, ya que muchos tratamientos fracasan precisamente porque se centran solo en matar a las bacterias con fármacos, olvidando que si el sistema de limpieza sigue estropeado, el sobrecrecimiento volverá a producirse tarde o temprano.

Factores que alteran el ecosistema del intestino delgado

Más allá del sistema de limpieza, existen otras causas estructurales y funcionales que pueden favorecer el SIBO. Por ejemplo, algunas cirugías abdominales previas pueden crear pequeñas zonas de estancamiento en el intestino donde las bacterias se acumulan con facilidad. Asimismo, enfermedades que afectan a la motilidad, como la diabetes o el hipotiroidismo, ralentizan el tránsito intestinal de forma global, facilitando la fermentación excesiva. No podemos olvidar tampoco el papel de los jugos gástricos; tanto el ácido del estómago como la bilis y las enzimas pancreáticas actúan como bactericidas naturales que controlan la población bacteriana.

Si una persona consume de forma crónica fármacos protectores de estómago que reducen la acidez gástrica, está eliminando sin querer una de las barreras de defensa más importantes contra el sobrecrecimiento. De la misma manera, una insuficiencia biliar o pancreática deja el camino libre para que microorganismos que normalmente serían eliminados logren sobrevivir y colonizar tramos del intestino donde no deberían estar. Por tanto, el SIBO suele ser la punta del iceberg de un problema digestivo o sistémico más profundo que el especialista debe identificar.

Síntomas y señales de alerta: más allá de la hinchazón abdominal

La mayoría de los pacientes llegan a la consulta con una queja principal: la hinchazón abdominal que empeora a lo largo del día. Es muy característico el relato de personas que se despiertan con el vientre plano y, a medida que ingieren alimentos, terminan el día con una distensión tan pronunciada que les obliga a usar ropa holgada. Sin embargo, el SIBO es una condición camaleónica que puede presentar una sintomatología muy variada dependiendo del tipo de gas que predomine y de la sensibilidad individual de cada paciente.

Además del gas y la presión, son frecuentes las alteraciones en el ritmo intestinal. Algunos pacientes sufren de diarreas explosivas o urgentes poco después de comer, mientras que otros padecen un estreñimiento crónico y pertinaz que no mejora con el consumo de fibra (la cual, en ocasiones, incluso empeora el cuadro). También es habitual el dolor abdominal tipo cólico, los ruidos intestinales constantes y una sensación de pesadez que no desaparece ni siquiera tras ir al baño. Esta variabilidad hace que el diagnóstico clínico basado solo en síntomas sea insuficiente y requiera de pruebas objetivas.

Manifestaciones digestivas y el impacto en el bienestar general

Es importante entender que el impacto del SIBO no se limita exclusivamente al abdomen. Dado que las bacterias están consumiendo nutrientes que nos pertenecen, pueden aparecer deficiencias vitamínicas, especialmente de vitamina B12 o de vitaminas liposolubles como la A, D y E. Esto puede traducirse en una fatiga crónica que el paciente no sabe explicar, una sensación de "niebla mental" o dificultad para concentrarse, e incluso cambios en el estado de ánimo o irritabilidad. La inflamación de bajo grado que se genera en el intestino puede repercutir en el bienestar general de todo el organismo.

En algunos casos, el sobrecrecimiento bacteriano se asocia con manifestaciones dermatológicas, como brotes de rosácea o acné, que mejoran notablemente cuando se trata el problema intestinal. También es común que los pacientes desarrollen intolerancias alimentarias secundarias; al estar la mucosa del intestino inflamada, el cuerpo deja de producir temporalmente las enzimas necesarias para digerir la lactosa o la fructosa, lo que genera un círculo vicioso de malestar. Identificar estos síntomas extradigestivos es clave para entender que el SIBO es un proceso que afecta a la salud integral de la persona.

La diferencia fundamental entre SIBO, celiaquía e intolerancias

Ante un cuadro de gases y malestar, es muy frecuente que los pacientes intenten autodiagnosticarse eliminando el gluten o la lactosa de su dieta. Si bien esto puede producir un alivio temporal porque se están quitando sustratos fermentables, puede enmascarar la verdadera causa del problema. La celiaquía, por ejemplo, es una enfermedad autoinmune que daña las vellosidades intestinales, mientras que el SIBO es un problema de distribución bacteriana. Ambas condiciones pueden coexistir, pero su tratamiento es radicalmente distinto.

De la misma manera, una intolerancia a la fructosa puede ser la causa del malestar, o puede ser simplemente una consecuencia del SIBO. Si tratamos el sobrecrecimiento, es muy probable que la persona vuelva a tolerar la fruta con normalidad. Por ello, es vital no caer en restricciones alimentarias severas sin la guía de un profesional, ya que esto puede debilitar aún más la microbiota beneficiosa del colon y complicar la recuperación a largo plazo. El diagnóstico diferencial es el paso más importante para no perder el tiempo con dietas que no atacan la raíz del problema.

El camino hacia el diagnóstico: el test de aliento

En la actualidad, la forma más extendida y menos invasiva de diagnosticar el SIBO es a través del test de aliento de hidrógeno y metano espirado. El fundamento de esta prueba es sencillo pero ingenioso: las células humanas no producen hidrógeno ni metano; estos gases son generados exclusivamente por el metabolismo bacteriano. Por lo tanto, si detectamos estos gases en el aliento después de que el paciente haya ingerido un sustrato específico (normalmente lactulosa o glucosa), significa que las bacterias están presentes en el intestino delgado y los están produciendo al fermentar dicho sustrato.

La prueba dura aproximadamente tres horas y requiere una preparación previa muy rigurosa para que los resultados sean fiables. El paciente debe seguir una dieta específica el día anterior (evitando fibras y azúcares complejos) y acudir en ayunas. Durante el test, se sopla en unos dispositivos cada 15 o 20 minutos. Si se observa una elevación temprana de los gases antes de que el sustrato llegue al colon, el resultado se considera positivo. Es fundamental que la interpretación de estos resultados la realice un especialista con experiencia, ya que existen falsos positivos y negativos que dependen de factores como el tiempo de tránsito intestinal de cada individuo.

Tratamiento terapéutico: recuperando la salud de la microbiota

Tratar el SIBO no consiste simplemente en tomar una medicación y esperar a que los síntomas desaparezcan de un día para otro. Requiere un enfoque multidisciplinar que actúe en varios frentes de forma simultánea. El primer paso suele ser la eliminación del exceso bacteriano mediante el uso de antibióticos de acción local. A diferencia de los antibióticos convencionales, estos no se absorben en el torrente sanguíneo, sino que actúan casi exclusivamente dentro del tubo digestivo, lo que minimiza los efectos secundarios en el resto del cuerpo y preserva mejor la microbiota general.

Sin embargo, el antibiótico es solo una parte de la solución. El éxito real del tratamiento depende de identificar y corregir la causa subyacente que permitió el sobrecrecimiento en primer lugar. Si el problema era una falta de movilidad intestinal, habrá que trabajar en mejorarla; si era una falta de acidez estomacal, habrá que revisarlo. Sin este análisis profundo, el SIBO tiene una tasa de recurrencia muy alta, lo que genera frustración en el paciente al ver que los síntomas vuelven a las pocas semanas de terminar el tratamiento farmacológico.

Antibióticos específicos y el papel estratégico de la dieta

El uso de antibióticos como la rifaximina se ha consolidado como el estándar de oro en el tratamiento del SIBO por su perfil de seguridad y su eficacia directa en el intestino delgado. Dependiendo de si el test de aliento ha mostrado predominio de hidrógeno o de metano, el médico puede decidir combinar diferentes fármacos o ajustar las dosis. En el caso del metano, por ejemplo, solemos enfrentarnos a microorganismos algo más resistentes que requieren un tratamiento ligeramente más complejo para asegurar su erradicación.

Acompañando a los fármacos, la dieta juega un papel muy importante. Durante la fase de tratamiento y la posterior recuperación, se suele recomendar una dieta baja en FODMAP (carbohidratos fermentables). Es importante entender que esta dieta no "cura" el SIBO, sino que "mata de hambre" a las bacterias sobrantes al no darles el sustrato que necesitan para fermentar. Debe ser una intervención temporal, supervisada siempre por un nutricionista especializado, para evitar carencias y para reintroducir los alimentos de forma progresiva una vez que el intestino se haya desinflamado. El objetivo final es siempre volver a una dieta variada y completa.

Por qué el SIBO suele reaparecer y cómo evitarlo

Una de las mayores preocupaciones de quienes padecen SIBO es el miedo a las recaídas. Se estima que una parte importante de los pacientes vuelve a presentar síntomas en los meses siguientes al tratamiento si no se abordan los factores de estilo de vida. La clave para evitarlo reside en cuidar el ya mencionado complejo motor migratorio. Esto implica respetar los descansos digestivos entre comidas, evitar el estrés excesivo que bloquea la digestión y, en ocasiones, utilizar agentes procinéticos naturales o farmacológicos que ayuden al intestino a seguir moviéndose correctamente.

La gestión del estrés es, sorprendentemente, uno de los pilares más olvidados. El sistema digestivo está íntimamente conectado con el cerebro a través del eje intestino-cerebro. Cuando vivimos en un estado de alerta constante, el cuerpo prioriza otras funciones y detiene los procesos de limpieza intestinal. Por ello, técnicas de relajación, un sueño reparador y una actividad física moderada son componentes tan importantes del tratamiento como la propia medicación. Mantener un estilo de vida saludable es la mejor barrera defensiva para que el ecosistema intestinal permanezca en equilibrio y el SIBO sea solo un capítulo cerrado en la historia clínica del paciente.

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Cuándo consultar con el especialista y qué esperar de la recuperación

Si usted experimenta hinchazón persistente, cambios bruscos en el ritmo intestinal que no se explican por la dieta o un malestar abdominal que interfiere con su calidad de vida, es el momento de buscar ayuda profesional. No es necesario ni recomendable normalizar el dolor o vivir acostumbrado a los gases constantes. Un especialista en aparato digestivo podrá realizar las pruebas necesarias y descartar otras patologías antes de confirmar el SIBO, asegurando que el camino que tome sea el más seguro y eficaz para su caso particular.

La recuperación del SIBO no suele ser lineal; hay días mejores y peores, y el intestino necesita tiempo para desinflamarse y recuperar su capacidad de absorción habitual. Sin embargo, con el diagnóstico correcto y un plan de tratamiento integral que combine medicina, nutrición y hábitos de vida, la gran mayoría de las personas logran recuperar su energía y volver a disfrutar de la comida sin miedos ni molestias. Entender que su sistema digestivo es un sistema dinámico que puede ser reparado es el primer paso hacia una salud duradera.