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Hepatitis: causas, síntomas, formas de contagio y tratamiento

miércoles, 18 de febrero de 2026

Hablar de hepatitis es hablar de inflamación del hígado, pero también de dudas, de miedo y de mucha desinformación. Muchas personas asocian automáticamente esta palabra con algo grave o irreversible, cuando en realidad existen distintos tipos de hepatitis, con causas, evolución y tratamientos muy diferentes. Algunas se resuelven sin dejar secuelas; otras requieren seguimiento médico prolongado. Entender qué significa realmente tener hepatitis es el primer paso para actuar con serenidad.

El hígado es un órgano esencial para la vida. Interviene en el metabolismo de los nutrientes, en la producción de proteínas fundamentales para la coagulación, en la depuración de toxinas y en el almacenamiento de energía. Cuando se inflama, todas estas funciones pueden verse alteradas. En ocasiones, los síntomas son claros; en otras, la enfermedad avanza de forma silenciosa durante años.

La palabra hepatitis no define una única enfermedad, sino un proceso inflamatorio que puede tener múltiples orígenes: infecciones víricas, consumo excesivo de alcohol, determinados fármacos, enfermedades autoinmunes o alteraciones metabólicas. Por eso, ante la sospecha, el diagnóstico médico es imprescindible para determinar la causa concreta y establecer el tratamiento adecuado.

Qué es la hepatitis y por qué se inflama el hígado

La hepatitis es, literalmente, una inflamación del hígado. Esa inflamación puede ser aguda, cuando aparece de forma repentina y dura semanas o pocos meses, o crónica, cuando se mantiene durante más de seis meses. En la fase aguda, el organismo puede eliminar el agente causante y recuperar la función hepática por completo. En la forma crónica, la inflamación persistente puede acabar produciendo fibrosis y, en casos avanzados, cirrosis.

Las causas más frecuentes a nivel mundial son los virus de la hepatitis, especialmente los virus A, B y C. Sin embargo, no son las únicas. El consumo excesivo y mantenido de alcohol, ciertos medicamentos, suplementos sin control médico y algunas enfermedades del sistema inmunitario también pueden desencadenar inflamación hepática. Incluso trastornos metabólicos como la enfermedad por hígado graso pueden evolucionar hacia formas inflamatorias.

Cuando el hígado se inflama, sus células sufren daño y pueden liberar enzimas al torrente sanguíneo. Por eso, en muchas ocasiones, la sospecha comienza tras una analítica rutinaria en la que aparecen transaminasas elevadas. Este hallazgo obliga a estudiar la causa y valorar si se trata de un proceso puntual o de una enfermedad que requiere seguimiento.

Tipos de hepatitis: viral, alcohólica, autoinmune y otras formas

No todas las hepatitis se comportan igual ni tienen el mismo pronóstico. Las hepatitis víricas están causadas por distintos virus que afectan específicamente al hígado. La hepatitis A suele transmitirse por vía fecal-oral, a través de agua o alimentos contaminados, y en la mayoría de los casos es autolimitada. La hepatitis B y C se transmiten principalmente por contacto con sangre o fluidos corporales y pueden cronificarse si no se tratan adecuadamente.

La hepatitis alcohólica aparece tras un consumo prolongado y elevado de alcohol. No todas las personas que beben desarrollan esta forma de hepatitis, pero el riesgo aumenta con la cantidad y el tiempo de exposición. Si no se modifica el hábito, puede progresar a cirrosis y complicaciones graves. En estos casos, el abandono completo del alcohol es una medida fundamental para frenar la evolución.

La hepatitis autoinmune, por su parte, se produce cuando el propio sistema inmunitario ataca las células hepáticas. No está relacionada con infecciones ni con tóxicos, y suele requerir tratamiento inmunosupresor para controlar la inflamación. Existen además otras formas menos frecuentes, como la hepatitis inducida por fármacos o la asociada a trastornos metabólicos, que también deben valorarse de forma individualizada.

Síntomas de la hepatitis y cuándo acudir al médico

Los síntomas de la hepatitis pueden variar mucho de una persona a otra. En las formas agudas, especialmente en la hepatitis A, pueden aparecer fiebre, malestar general, náuseas, vómitos y dolor en la parte superior derecha del abdomen. A los pocos días, algunas personas desarrollan ictericia, que se manifiesta como coloración amarillenta de la piel y los ojos, además de orina oscura y heces más claras. Esta fase suele generar preocupación, pero en muchos casos evoluciona de forma favorable con seguimiento médico.

En las hepatitis crónicas, el problema es que los síntomas pueden ser muy leves o incluso inexistentes durante años. Cansancio persistente, sensación de debilidad o molestias abdominales poco definidas pueden ser las únicas señales. Esta falta de síntomas claros explica por qué muchas personas descubren que tienen hepatitis B o C tras una analítica o una donación de sangre realizada por otro motivo. El carácter silencioso de estas formas crónicas hace especialmente importante el diagnóstico precoz.

Ante la aparición de ictericia, dolor abdominal intenso, fiebre elevada o alteraciones importantes en una analítica hepática, es fundamental acudir al médico. También deben valorarse las personas que hayan tenido contacto de riesgo, como relaciones sexuales sin protección con una persona infectada o exposición a sangre contaminada. La evaluación clínica permite confirmar la causa y evitar complicaciones.

Signos de alarma y síntomas menos conocidos

Además de los síntomas más conocidos, existen manifestaciones que pueden pasar desapercibidas o atribuirse a otras causas. Algunas personas presentan pérdida de apetito marcada, sensación de plenitud tras comer pequeñas cantidades o cambios en el ritmo intestinal. En determinados casos puede aparecer picor generalizado, relacionado con la alteración en la eliminación de sustancias que normalmente procesa el hígado.

Cuando la enfermedad hepática progresa sin control, pueden surgir signos más preocupantes, como hinchazón abdominal por acumulación de líquido, tendencia a la aparición de hematomas con facilidad o alteraciones en el estado de conciencia. Estos síntomas requieren valoración médica urgente, ya que pueden indicar un deterioro significativo de la función hepática. Identificar a tiempo estas señales permite intervenir de forma más eficaz y mejorar el pronóstico.

¿Cómo se contagia la hepatitis y qué riesgo real existe?

Una de las preguntas más frecuentes en consulta es si la hepatitis se contagia y, en caso afirmativo, cómo ocurre exactamente. La respuesta depende del tipo. No todas las hepatitis son transmisibles. Las formas víricas, especialmente la hepatitis A, B y C, sí pueden contagiarse, mientras que la hepatitis alcohólica, la autoinmune o la inducida por fármacos no se transmiten de persona a persona.

La hepatitis A se transmite por vía fecal-oral, generalmente a través de agua o alimentos contaminados o por una higiene de manos insuficiente. Es más frecuente en entornos donde existen problemas sanitarios o durante viajes a determinadas zonas. En cambio, la hepatitis B y la hepatitis C se transmiten principalmente por contacto con sangre infectada. También puede producirse transmisión por vía sexual, especialmente en el caso de la hepatitis B, y de madre a hijo durante el parto si no se toman medidas preventivas.

¿Cuándo existe mayor riesgo de transmisión?

El riesgo aumenta en situaciones concretas, como compartir material para el consumo de drogas intravenosas, realizarse tatuajes o piercings sin las debidas condiciones de esterilización o mantener relaciones sexuales sin protección con una persona portadora del virus. En el ámbito sanitario, el contacto accidental con sangre infectada también puede suponer un riesgo si no se siguen los protocolos de seguridad establecidos.

En el caso de la hepatitis B, la vacunación ha demostrado ser una herramienta altamente eficaz para prevenir la infección, especialmente en recién nacidos y personas con mayor exposición. La detección precoz en mujeres embarazadas permite aplicar medidas que reducen de forma significativa la transmisión al recién nacido. La información adecuada y las medidas preventivas correctas son la base para reducir nuevos contagios y proteger la salud individual y colectiva.

Cómo se diagnostica la hepatitis

El diagnóstico comienza con una historia clínica detallada y una exploración física. El médico valorará antecedentes personales, consumo de alcohol, toma de medicamentos, posibles exposiciones de riesgo y síntomas actuales. La exploración puede revelar signos como ictericia, aumento del tamaño del hígado o dolor a la palpación.

Las pruebas de laboratorio son fundamentales. La analítica de sangre permite medir las transaminasas y otras enzimas hepáticas, así como detectar marcadores específicos de los virus de la hepatitis. En función de los resultados, pueden solicitarse pruebas adicionales para confirmar la infección y determinar si es aguda o crónica.

En algunos casos, se recurre a pruebas de imagen como la ecografía abdominal para evaluar el estado del hígado y descartar complicaciones. Cuando existe sospecha de daño avanzado o dudas diagnósticas, puede ser necesario realizar estudios más específicos para valorar el grado de fibrosis hepática.

Analítica y marcadores virales

Los marcadores serológicos permiten identificar si una persona ha estado en contacto con un virus concreto y si la infección está activa. En la hepatitis B, por ejemplo, se estudian distintos antígenos y anticuerpos que ayudan a determinar la fase de la enfermedad. En la hepatitis C, la detección de anticuerpos se complementa con pruebas que miden la carga viral.

Estos estudios no solo confirman el diagnóstico, sino que orientan el tratamiento y el seguimiento. Saber si la infección es reciente o crónica resulta clave para decidir la estrategia terapéutica y valorar el riesgo de transmisión a otras personas.

Pruebas de imagen y evaluación del daño hepático

La ecografía es una prueba sencilla y no invasiva que permite visualizar el tamaño y la estructura del hígado. Puede detectar signos de inflamación, grasa hepática o cambios compatibles con cirrosis. En determinados casos, se utilizan técnicas más avanzadas para estimar la rigidez hepática y el grado de fibrosis.

Evaluar el daño hepático es esencial en las hepatitis crónicas, ya que el riesgo de complicaciones aumenta con el tiempo. Conocer el estado del hígado ayuda a establecer un plan de seguimiento individualizado y a prevenir problemas mayores.

Tratamiento de la hepatitis según su causa

El tratamiento depende directamente del tipo de hepatitis. En la hepatitis A, al tratarse generalmente de una infección autolimitada, el manejo es de soporte. Se recomienda reposo relativo, hidratación adecuada y control médico hasta la recuperación completa. En la mayoría de los casos, el hígado se recupera sin secuelas.

En la hepatitis B y C, el tratamiento ha cambiado de forma significativa en los últimos años. Existen tratamientos antivirales capaces de controlar la replicación del virus B y, en el caso de la hepatitis C, de eliminar el virus en un alto porcentaje de pacientes. El seguimiento especializado permite reducir el riesgo de complicaciones y mejorar la calidad de vida.

Cuando la hepatitis está relacionada con el alcohol o con fármacos, la retirada del agente causante es fundamental. En la hepatitis autoinmune, el tratamiento se basa en medicamentos que modulan la respuesta inmunitaria para frenar la inflamación. En todos los casos, el control médico periódico es clave para vigilar la evolución y detectar posibles complicaciones de forma precoz.

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Preguntas frecuentes sobre la hepatitis

La hepatitis genera muchas dudas, especialmente cuando se recibe el diagnóstico por primera vez. Es habitual preguntarse si es contagiosa, si tiene cura o si puede derivar en complicaciones graves. Resolver estas cuestiones ayuda a reducir la ansiedad inicial y a tomar decisiones informadas junto al equipo médico.

¿La hepatitis es contagiosa?

Depende del tipo. Las hepatitis víricas como la A, B y C pueden transmitirse, aunque por vías diferentes. Otras formas, como la alcohólica o la autoinmune, no son contagiosas.

¿Se puede curar la hepatitis?

Algunas sí. La hepatitis A suele resolverse por completo. La hepatitis C puede curarse con tratamiento antiviral en la mayoría de los casos. La hepatitis B puede controlarse, aunque no siempre eliminarse totalmente.

¿La hepatitis siempre evoluciona a cirrosis?

No. Muchas personas con hepatitis nunca desarrollan cirrosis, especialmente si reciben diagnóstico y tratamiento adecuados. El riesgo aumenta cuando la inflamación se mantiene durante años sin control.

¿Puedo hacer vida normal si tengo hepatitis?

En la mayoría de los casos, sí. El estilo de vida saludable, evitar el alcohol y seguir las indicaciones médicas permiten mantener una buena calidad de vida. Cada situación debe valorarse de forma individual.

¿Existe vacuna para la hepatitis?

Sí, hay vacuna frente a la hepatitis A y B. Actualmente no existe vacuna para la hepatitis C, pero sí tratamientos eficaces para su control y curación.