Tipos de hepatitis: viral, alcohólica, autoinmune y otras formas
No todas las hepatitis se comportan igual ni tienen el mismo pronóstico. Las hepatitis víricas están causadas por distintos virus que afectan específicamente al hígado. La hepatitis A suele transmitirse por vía fecal-oral, a través de agua o alimentos contaminados, y en la mayoría de los casos es autolimitada. La hepatitis B y C se transmiten principalmente por contacto con sangre o fluidos corporales y pueden cronificarse si no se tratan adecuadamente.
La hepatitis alcohólica aparece tras un consumo prolongado y elevado de alcohol. No todas las personas que beben desarrollan esta forma de hepatitis, pero el riesgo aumenta con la cantidad y el tiempo de exposición. Si no se modifica el hábito, puede progresar a cirrosis y complicaciones graves. En estos casos, el abandono completo del alcohol es una medida fundamental para frenar la evolución.
La hepatitis autoinmune, por su parte, se produce cuando el propio sistema inmunitario ataca las células hepáticas. No está relacionada con infecciones ni con tóxicos, y suele requerir tratamiento inmunosupresor para controlar la inflamación. Existen además otras formas menos frecuentes, como la hepatitis inducida por fármacos o la asociada a trastornos metabólicos, que también deben valorarse de forma individualizada.
Síntomas de la hepatitis y cuándo acudir al médico
Los síntomas de la hepatitis pueden variar mucho de una persona a otra. En las formas agudas, especialmente en la hepatitis A, pueden aparecer fiebre, malestar general, náuseas, vómitos y dolor en la parte superior derecha del abdomen. A los pocos días, algunas personas desarrollan ictericia, que se manifiesta como coloración amarillenta de la piel y los ojos, además de orina oscura y heces más claras. Esta fase suele generar preocupación, pero en muchos casos evoluciona de forma favorable con seguimiento médico.
En las hepatitis crónicas, el problema es que los síntomas pueden ser muy leves o incluso inexistentes durante años. Cansancio persistente, sensación de debilidad o molestias abdominales poco definidas pueden ser las únicas señales. Esta falta de síntomas claros explica por qué muchas personas descubren que tienen hepatitis B o C tras una analítica o una donación de sangre realizada por otro motivo. El carácter silencioso de estas formas crónicas hace especialmente importante el diagnóstico precoz.
Ante la aparición de ictericia, dolor abdominal intenso, fiebre elevada o alteraciones importantes en una analítica hepática, es fundamental acudir al médico. También deben valorarse las personas que hayan tenido contacto de riesgo, como relaciones sexuales sin protección con una persona infectada o exposición a sangre contaminada. La evaluación clínica permite confirmar la causa y evitar complicaciones.
Signos de alarma y síntomas menos conocidos
Además de los síntomas más conocidos, existen manifestaciones que pueden pasar desapercibidas o atribuirse a otras causas. Algunas personas presentan pérdida de apetito marcada, sensación de plenitud tras comer pequeñas cantidades o cambios en el ritmo intestinal. En determinados casos puede aparecer picor generalizado, relacionado con la alteración en la eliminación de sustancias que normalmente procesa el hígado.
Cuando la enfermedad hepática progresa sin control, pueden surgir signos más preocupantes, como hinchazón abdominal por acumulación de líquido, tendencia a la aparición de hematomas con facilidad o alteraciones en el estado de conciencia. Estos síntomas requieren valoración médica urgente, ya que pueden indicar un deterioro significativo de la función hepática. Identificar a tiempo estas señales permite intervenir de forma más eficaz y mejorar el pronóstico.
¿Cómo se contagia la hepatitis y qué riesgo real existe?
Una de las preguntas más frecuentes en consulta es si la hepatitis se contagia y, en caso afirmativo, cómo ocurre exactamente. La respuesta depende del tipo. No todas las hepatitis son transmisibles. Las formas víricas, especialmente la hepatitis A, B y C, sí pueden contagiarse, mientras que la hepatitis alcohólica, la autoinmune o la inducida por fármacos no se transmiten de persona a persona.
La hepatitis A se transmite por vía fecal-oral, generalmente a través de agua o alimentos contaminados o por una higiene de manos insuficiente. Es más frecuente en entornos donde existen problemas sanitarios o durante viajes a determinadas zonas. En cambio, la hepatitis B y la hepatitis C se transmiten principalmente por contacto con sangre infectada. También puede producirse transmisión por vía sexual, especialmente en el caso de la hepatitis B, y de madre a hijo durante el parto si no se toman medidas preventivas.
¿Cuándo existe mayor riesgo de transmisión?
El riesgo aumenta en situaciones concretas, como compartir material para el consumo de drogas intravenosas, realizarse tatuajes o piercings sin las debidas condiciones de esterilización o mantener relaciones sexuales sin protección con una persona portadora del virus. En el ámbito sanitario, el contacto accidental con sangre infectada también puede suponer un riesgo si no se siguen los protocolos de seguridad establecidos.
En el caso de la hepatitis B, la vacunación ha demostrado ser una herramienta altamente eficaz para prevenir la infección, especialmente en recién nacidos y personas con mayor exposición. La detección precoz en mujeres embarazadas permite aplicar medidas que reducen de forma significativa la transmisión al recién nacido. La información adecuada y las medidas preventivas correctas son la base para reducir nuevos contagios y proteger la salud individual y colectiva.