Toda la información médica a tu alcance

  • Todos

  • Especialidad/
    Unidad Médica

  • Especialista

  • Prueba Diagnóstica

  • Tratamiento

Actualidad

Degeneración macular: cuándo la vista empieza a degradarse

martes, 25 de noviembre de 2025

La degeneración macular es una enfermedad ocular que afecta a la mácula, la zona central de la retina responsable de la visión fina y detallada. Es el área que nos permite leer, reconocer caras, ver colores con precisión o enfocar un objeto concreto. Cuando esta zona empieza a deteriorarse, la visión cambia de forma silenciosa y progresiva. Muchas personas describen la sensación como si las letras se deformaran, apareciera una mancha borrosa en el centro o costara más distinguir detalles que antes parecían evidentes.

Es una alteración muy frecuente a partir de los 55–60 años, especialmente en personas con antecedentes familiares, exposición prolongada al sol o hábitos como fumar. Aunque no provoca ceguera total —la visión periférica suele conservarse— sí puede afectar de forma importante a la autonomía y a la calidad de vida si no se diagnostica y trata a tiempo.

A muchas personas les sorprende descubrir que esa ligera mancha central o esas distorsiones que vienen y van no son una simple molestia pasajera. La mácula, al deteriorarse, envía avisos pequeños pero insistentes. Escucharlos a tiempo facilita llegar al especialista antes de que la visión central se vea más comprometida, y eso puede marcar una diferencia real en el día a día.

Qué es la degeneración macular y por qué aparece

La degeneración macular relacionada con la edad (DMAE) es un proceso en el que la mácula va perdiendo células y capacidad para procesar la luz. Este deterioro está ligado a la edad, pero no es un simple “desgaste natural”: intervienen factores genéticos, inflamatorios y ambientales que hacen que la mácula se vuelva más vulnerable.

En la mayoría de los casos, el proceso empieza de forma lenta y sin dolor. Aparecen depósitos amarillentos llamados drusas, que se acumulan bajo la retina y alteran su funcionamiento. Con el tiempo, estas alteraciones dificultan que la luz se transforme en imagen nítida, y comienzan los síntomas visuales: borrosidad, distorsión o necesidad de más luz para tareas sencillas.

Hay mujeres y hombres que presentan drusas durante años sin notar cambios evidentes. Otros, en cambio, experimentan una progresión más rápida. La genética, el estilo de vida, la salud cardiovascular y la exposición acumulada a la luz ultravioleta pueden influir en cómo evoluciona el proceso.

Degeneración macular seca y húmeda: dos formas distintas de evolución

La DMAE seca es la más frecuente y avanza de forma progresiva. La mácula pierde células y se atrofia poco a poco, generando un deterioro lento. Muchas personas mantienen una visión funcional durante años, aunque necesitan más iluminación, más contraste o más tiempo para enfocar detalles.

La DMAE húmeda, menos común pero más agresiva, aparece cuando se desarrollan nuevos vasos sanguíneos anómalos bajo la mácula. Estos vasos son frágiles y pueden filtrar sangre o líquido, provocando una pérdida visual más brusca. En este caso, actuar rápido es fundamental.

Síntomas de la degeneración macular: señales que no deben pasarse por alto

La degeneración macular no suele avisar con un cambio brusco, sino con pequeñas alteraciones que se van colando en el día a día. Una de las más típicas es la deformación de las líneas rectas: lo que antes se veía perfectamente alineado empieza a ondularse, como si el ojo ya no consiguiera interpretar correctamente la información que recibe. También es habitual que aparezca una mancha borrosa en el centro del campo visual, una especie de sombra que entorpece la lectura o impide reconocer detalles que antes resultaban evidentes.

A medida que la mácula pierde precisión, muchas personas notan que necesitan más luz para realizar tareas sencillas, que los colores ya no tienen la misma viveza o que enfocar un rostro se vuelve más lento y costoso. Estos cambios pueden progresar de forma tan gradual que, en ocasiones, la persona se adapta sin darse cuenta, atribuyendo las molestias al cansancio o a un simple cambio de graduación. Sin embargo, cuando la enfermedad avanza, esa borrosidad central gana protagonismo y empieza a interferir de forma clara en actividades que exigen exactitud, como leer letras pequeñas, coser o conducir.

La visión periférica suele permanecer intacta, por lo que no existe riesgo de ceguera total, pero la pérdida de visión central afecta directamente a la autonomía. Por eso, prestar atención a los primeros indicios es fundamental para detectar la enfermedad cuando aún es posible intervenir y frenar su progresión.

Cuándo los síntomas deben considerarse un aviso

Hay momentos en los que el cambio visual deja de ser una simple molestia y se convierte en un motivo real para consultar cuanto antes. Una distorsión marcada que aparece de un día para otro, una mancha oscura que se instala en el centro de la visión o una pérdida rápida de nitidez son señales que pueden corresponder a una degeneración macular húmeda, la forma que avanza con más rapidez. En estos casos no conviene esperar a ver si mejora sola: la intervención temprana es clave para preservar la mayor cantidad de visión posible.

Si notas que, incluso con buena iluminación, cuesta mantener la claridad en el centro del campo visual, o si las líneas rectas empiezan a parecer torcidas de forma persistente, lo más prudente es pedir una valoración oftalmológica. La detección precoz no solo permite iniciar el tratamiento adecuado, sino que también ayuda a comprender mejor la evolución de la enfermedad y a adaptar las rutinas diarias para mantener una buena calidad de vida.

Diagnóstico: cómo se confirma la degeneración macular

El diagnóstico comienza con una revisión oftalmológica completa que incluye estudio de la mácula, evaluación de la agudeza visual y exploración del fondo de ojo. En la mayoría de los casos se realiza una OCT (tomografía de coherencia óptica), una prueba que permite ver la mácula en capas y detectar cambios muy tempranos.

En la forma húmeda, también se utilizan pruebas como la angiografía, que muestra si existen nuevos vasos sanguíneos o filtraciones bajo la retina. Detectar estos cambios a tiempo permite iniciar el tratamiento antes de que el daño sea irreversible.

En personas con factores de riesgo o con drusas previamente identificadas, se recomienda un seguimiento periódico y el uso de la rejilla de Amsler en casa para detectar cualquier distorsión visual de forma precoz.

Tratamiento de la degeneración macular: lo que realmente funciona hoy

La degeneración macular requiere un tratamiento distinto según el tipo: seca o húmeda. En la forma seca, la más frecuente, el objetivo no es revertir el daño —algo que hoy todavía no es posible— sino ralentizar el avance de la enfermedad y proteger la parte de la mácula que aún funciona. En la húmeda, en cambio, sí existen tratamientos capaces de frenar la evolución e incluso recuperar parte de la visión si se actúa a tiempo. La clave está en diagnosticar bien qué tipo es y comenzar el tratamiento cuanto antes.

Degeneración macular seca: cómo se controla su evolución

Aunque no existe un tratamiento curativo para la DMAE seca, sí hay cuestiones que pueden marcar la diferencia en la progresión. En determinados perfiles, el oftalmólogo puede recomendar suplementos antioxidantes formulados específicamente para proteger las células de la retina. No son vitaminas genéricas, sino combinaciones estudiadas para reducir el daño oxidativo en los casos adecuados.

Además del tratamiento pautado, el estilo de vida tiene un impacto directo: dejar de fumar, controlar la tensión arterial, mantener niveles saludables de colesterol y priorizar una dieta rica en verduras de hoja verde, pescado azul y antioxidantes pueden ayudar a mantener la mácula en mejores condiciones. También conviene proteger los ojos de la luz solar intensa con gafas adecuadas, ya que la exposición prolongada puede acelerar el deterioro. En muchos pacientes, estos cambios, aunque parezcan simples, contribuyen a que la evolución sea más lenta y previsible.

Degeneración macular húmeda: el tratamiento que cambia el pronóstico

En la DMAE húmeda, el tratamiento actual más eficaz son las inyecciones intraoculares con fármacos diseñados para frenar la formación de nuevos vasos sanguíneos anómalos. Estos vasos, al crecer de forma desordenada, provocan filtraciones y sangrados que deterioran rápidamente la visión central. Las inyecciones actúan bloqueando ese proceso y reduciendo la inflamación en la retina.

Aunque pueda impresionar, se trata de un procedimiento rápido y bien tolerado, realizado con anestesia local y sin dolor. La gran ventaja es que, iniciado a tiempo, puede estabilizar la visión e incluso recuperar parte de la nitidez perdida. La frecuencia de las inyecciones varía según cada caso: algunas personas necesitan varias en los primeros meses y luego controles periódicos, mientras que otras requieren pautas más espaciadas.

En situaciones seleccionadas pueden utilizarse otras técnicas, como el láser o la terapia fotodinámica, aunque hoy se reservan para casos concretos, generalmente cuando las características del nódulo vascular no permiten un buen control con las inyecciones habituales. La elección final depende del tipo exacto de lesión, de la respuesta al tratamiento y del estado general de la retina.

Cómo se sigue la enfermedad a largo plazo

El seguimiento en la degeneración macular no es opcional: forma parte del tratamiento. Incluso en fases estables, los controles periódicos permiten detectar cambios sutiles que el paciente puede no notar, ajustar la pauta de inyecciones si es necesario y actuar antes de que la visión empeore. Muchas personas utilizan también una rejilla de Amsler en casa para detectar pequeñas distorsiones entre revisión y revisión, una herramienta sencilla que ayuda a identificar alteraciones tempranas.

La convivencia con la enfermedad mejora cuando el paciente entiende su evolución y cuenta con un plan de control claro. Saber qué cambios deben vigilarse y cuándo consultar hace que el proceso sea más llevadero y reduce el riesgo de pérdidas visuales bruscas. Aquí, prevención y tratamiento caminan de la mano: cuanto más regular sea el seguimiento, mayores serán las posibilidades de conservar una buena calidad visual a largo plazo.

Factores de riesgo: quién tiene más probabilidad de desarrollarla

La edad es, con diferencia, el factor que más peso tiene en el desarrollo de degeneración macular. A partir de los 55–60 años, la mácula empieza a volverse más vulnerable al estrés oxidativo y al desgaste natural de los tejidos, lo que explica por qué la mayoría de los diagnósticos se concentran en esta franja. A esto se suma la genética: cuando en la familia hay antecedentes —padres, abuelos o hermanos con DMAE— el riesgo aumenta, no por una causa única, sino por una combinación de variantes hereditarias que hacen que la retina sea más susceptible al daño.

El tabaco es el factor modificable más importante. Fumar multiplica el riesgo y adelanta la aparición de los síntomas porque acelera el daño oxidativo y reduce la oxigenación de la retina. También influyen problemas cardiovasculares como la hipertensión, la aterosclerosis o el colesterol elevado, que dificultan la correcta circulación sanguínea en los pequeños vasos que nutren la mácula. En estas personas, la mácula está más expuesta a inflamación crónica y a un deterioro más rápido.

La exposición prolongada al sol sin protección adecuada también suma riesgo, especialmente en quienes pasan muchas horas al aire libre sin gafas con filtro UV. Una dieta pobre en antioxidantes y omega-3 deja a la retina con menos herramientas para defenderse del desgaste diario. Y aunque se comenta que los ojos claros pueden ser más sensibles a la luz, la degeneración macular afecta por igual a personas con ojos claros y oscuros; el verdadero impacto está en los hábitos de vida, la edad y la predisposición familiar.

Degeneración macular y calidad de vida: cómo adaptarse a los cambios

La degeneración macular no solo afecta a la vista, también modifica la forma en la que una persona se relaciona con su entorno. De repente, acciones tan cotidianas como leer un mensaje, reconocer una cara a distancia o cocinar con poca luz pueden volverse más lentas o requerir más concentración. Adaptar la casa con una iluminación más potente, aumentar el tamaño de las letras en dispositivos y utilizar aplicaciones que mejoren el contraste suelen ser los primeros pasos para recuperar comodidad y seguridad.

Las ayudas visuales —lupas electrónicas, filtros especiales, dispositivos que amplían textos o incluso ajustes específicos en móviles y ordenadores— permiten aprovechar al máximo la visión periférica, que suele mantenerse intacta. Además, la rehabilitación visual guiada por especialistas enseña técnicas prácticas para reorganizar la mirada, localizar mejor los objetos y moverse con más autonomía. Muchas personas experimentan una mejora notable cuando aprenden a “redireccionar” la vista y a usar estrategias adaptadas a su propio perfil visual.

La parte emocional también cuenta. El impacto en la independencia puede generar frustración o ansiedad, especialmente en quienes siempre han sido muy activas. Contar con apoyo psicológico, grupos de pacientes o un acompañamiento profesional ayuda a gestionar mejor esta etapa y a construir nuevas rutinas. Con los recursos adecuados, la mayoría de las personas con degeneración macular consigue mantener una vida plena, activa y conectada con lo que les importa.

➡️ ¿Cómo puedo tener más información sobre la degeneración macular?

 

Pues es muy sencillo, puedes llamarnos al teléfono 985 28 60 00.
Estaremos encantados de atenderte y resolver todas tus dudas.

Preguntas frecuentes sobre la degeneración macular

Muchas dudas surgen cuando se recibe un diagnóstico de degeneración macular o cuando aparecen los primeros síntomas. Resolverlas ayuda a comprender mejor el proceso y a actuar sin miedo.

¿La degeneración macular causa ceguera total?

No. Afecta a la visión central, pero no elimina la visión periférica. Con tratamiento y seguimiento, la mayoría de las personas mantienen suficiente capacidad visual para muchas actividades.

¿La forma seca puede convertirse en húmeda?

Es posible, aunque no ocurre en todos los casos. De ahí la importancia de los controles periódicos y de consultar ante cualquier cambio visual brusco.

¿Hay alguna forma de prevenirla?

No existe una prevención absoluta, pero dejar de fumar, controlar la presión arterial, usar gafas con filtro UV y seguir una dieta rica en antioxidantes puede reducir el riesgo o ralentizar la evolución.

¿Las inyecciones intraoculares duelen?

Suelen ser rápidas y bien toleradas. Se utilizan anestésicos locales y la mayoría de las personas solo nota una ligera presión.

¿La degeneración macular afecta a los dos ojos?

Puede afectar a uno solo o a ambos. Incluso cuando empieza en un ojo, el otro debe controlarse porque el riesgo es mayor.

¿Puede la degeneración macular mejorar con tratamiento?

Depende del tipo. La forma seca suele avanzar lentamente y no puede revertirse, pero algunos tratamientos y cambios en el estilo de vida ayudan a frenar su evolución. En la forma húmeda, las inyecciones intraoculares pueden estabilizar la visión e incluso recuperarla parcialmente si se inician a tiempo.

¿Cómo saber si debo acudir urgente al oftalmólogo?

Es recomendable acudir de inmediato si aparecen distorsiones repentinas en la visión, si las líneas rectas se ven onduladas de un día para otro o si surge una mancha oscura central que antes no estaba. Estos cambios pueden indicar una degeneración macular húmeda, que necesita tratamiento lo antes posible para evitar un deterioro rápido.