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Qué es la cirrosis hepática y cómo afecta a la salud del hígado

martes, 27 de enero de 2026

El diagnóstico de una cirrosis suele generar un impacto emocional profundo tanto en el paciente como en su entorno cercano. A menudo, esta enfermedad se asocia erróneamente de forma exclusiva al consumo de alcohol, lo que genera un estigma que dificulta la comprensión real de la patología. Sin embargo, la cirrosis es, en esencia, la etapa final de un proceso de cicatrización prolongado en el hígado, derivado de múltiples causas que van desde infecciones virales hasta desajustes metabólicos. Saber por qué ocurre en el interior de este órgano vital es el primer paso para afrontar la enfermedad con una actitud proactiva y centrada en el cuidado médico.

El hígado posee una capacidad de regeneración extraordinaria, pero cuando las agresiones son continuas y sostenidas en el tiempo, el tejido sano comienza a ser sustituido por tejido cicatricial o fibroso. Este proceso, conocido como fibrosis, altera la estructura interna del órgano y dificulta que la sangre fluya correctamente a través de él. Con el paso de los años, si la causa no se detiene, la cicatrización se vuelve tan extensa que el hígado pierde su capacidad para realizar funciones críticas, como la depuración de toxinas, la producción de proteínas esenciales para la coagulación y la regulación del metabolismo.

Cómo se produce la cirrosis y por qué el hígado se va cicatrizando

La cirrosis no aparece de la noche a la mañana, sino que es el resultado de una batalla silenciosa que puede durar décadas. En las etapas iniciales, el hígado intenta reparar el daño causado por factores externos o enfermedades crónicas. Sin embargo, cuando la inflamación es persistente, las células hepáticas son reemplazadas por nódulos de regeneración rodeados de bandas de tejido fibroso. Esta metamorfosis física es lo que define a la cirrosis y lo que acaba por comprometer la arquitectura vascular del órgano, provocando que se vuelva rígido y pierda su elasticidad natural.

A diferencia de lo que ocurre en fases más tempranas de la enfermedad hepática, la cirrosis se considera una etapa avanzada donde el daño suele ser irreversible en términos estructurales. No obstante, es fundamental diferenciar entre la cirrosis compensada y la descompensada. En la fase compensada, el paciente puede no presentar síntomas evidentes porque el tejido sano restante aún es capaz de realizar las funciones básicas. Es en este momento donde el diagnóstico temprano marca una diferencia abismal, ya que permite implementar medidas que frenen la progresión y eviten que el hígado llegue a un estado de fallo funcional completo.

Hepatitis y enfermedades autoinmunes como causa de cirrosis

Una de las causas más frecuentes de cirrosis a nivel mundial es la infección crónica por virus de la hepatitis, especialmente los tipos B y C. Estos virus se alojan en las células del hígado y provocan una respuesta inflamatoria crónica que, si no se trata con antivirales específicos, desemboca inevitablemente en una fibrosis severa. Gracias a los avances médicos actuales, hoy disponemos de tratamientos altamente efectivos que pueden eliminar el virus de la hepatitis C, frenando así la progresión de la cirrosis e incluso permitiendo cierta mejoría en la función hepática si el daño no era terminal.

Por otro lado, el sistema inmunitario puede, en ocasiones, atacar por error a las células del propio hígado o a los conductos biliares. Enfermedades como la hepatitis autoinmune o la colangitis biliar primaria son ejemplos de cómo la propia defensa del cuerpo puede desencadenar un proceso de cicatrización biliar. Estas enfermedades requieren un seguimiento estrecho y tratamientos inmunosupresores que ayuden a calmar la inflamación, evitando que el daño progrese hacia una cirrosis establecida que comprometa la vida de la persona.

El hígado graso y la cirrosis relacionada con el metabolismo

En la actualidad, estamos asistiendo a un aumento preocupante de la cirrosis derivada de la enfermedad del hígado graso no alcohólico. Esta condición está estrechamente ligada a la obesidad, la diabetes tipo dos y los niveles elevados de colesterol y triglicéridos. La acumulación excesiva de grasa en el hígado puede provocar una inflamación denominada esteatohepatitis, que con el tiempo genera las mismas cicatrices que el alcohol o los virus. Es lo que los especialistas llamamos la epidemia silenciosa del siglo veintiuno, ya que progresa sin dar señales de alarma hasta que el daño es muy avanzado.

Síntomas de la cirrosis: cuándo el cuerpo empieza a avisar

La dificultad del diagnóstico temprano reside en que la cirrosis suele ser asintomática durante mucho tiempo. Sin embargo, a medida que la función hepática se deteriora, el cuerpo empieza a emitir señales que no deben ignorarse. Uno de los síntomas más característicos es la fatiga persistente y la debilidad muscular, acompañadas a menudo de una pérdida de apetito y una bajada de peso involuntaria. En la piel, pueden aparecer pequeñas arañas vasculares, conocidas como angiomas, o un enrojecimiento inusual en las palmas de las manos que nos indica que el metabolismo de ciertas hormonas está fallando.

Cuando la cirrosis avanza hacia una fase de descompensación, los síntomas se vuelven más evidentes y graves. La ictericia, que es la coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos, ocurre porque el hígado no puede eliminar la bilirrubina. También es frecuente la aparición de edemas en las piernas o la acumulación de líquido en el abdomen, una enfermedad llamada ascitis que provoca una hinchazón abdominal notable y molestias al respirar. Estos signos indican que el hígado está luchando por gestionar la presión sanguínea y la producción de proteínas, requiriendo atención médica urgente.

Cómo se diagnostica la cirrosis hepática

Para confirmar la presencia de cirrosis, los profesionales de la salud nos basamos en una combinación de historia clínica, análisis de sangre y técnicas de imagen avanzadas. Las analíticas permiten evaluar los niveles de enzimas hepáticas, la bilirrubina y los tiempos de coagulación, que suelen estar alterados cuando el órgano no funciona bien. Sin embargo, la analítica por sí sola no siempre muestra el grado de cicatrización, por lo que recurrimos a herramientas tecnológicas que nos permiten "ver" el estado del hígado sin necesidad de intervenciones agresivas.

La ecografía abdominal es el primer paso habitual para observar la forma y la textura del hígado, así como para detectar la presencia de líquido en el abdomen o el aumento del tamaño del bazo. En los últimos años, la elastografía de transición se ha convertido en una prueba esencial, ya que mide la rigidez del hígado mediante ondas de ultrasonido. Cuanto más rígido está el órgano, mayor es el grado de fibrosis. Esta técnica ha sustituido en muchos casos a la biopsia hepática, aunque esta última sigue siendo el método definitivo cuando necesitamos conocer la causa exacta de la inflamación o cuando los resultados de otras pruebas no son concluyentes.

Qué es la hipertensión portal y por qué puede causar complicaciones graves

Una de las consecuencias más graves de la cirrosis es el aumento de la presión en la vena porta, que es la encargada de llevar la sangre desde los órganos digestivos hacia el hígado. Al estar el hígado endurecido por las cicatrices, la sangre encuentra una resistencia al paso y busca rutas alternativas a través de venas más pequeñas y frágiles. Estas venas, situadas a menudo en el esófago o el estómago, se hinchan y se convierten en varices esofágicas, las cuales corren el riesgo de romperse y provocar hemorragias internas graves que constituyen una emergencia médica.

Cómo puede afectar la cirrosis al cerebro y al estado mental

Cuando el hígado deja de filtrar adecuadamente las sustancias tóxicas de la sangre, productos como el amoníaco pueden llegar al cerebro. Esto provoca una complicación conocida como encefalopatía hepática, que se manifiesta a través de cambios en el comportamiento, confusión mental, desorientación y, en casos severos, somnolencia extrema o coma. Es una situación que genera mucha angustia en los familiares, pero que con tratamiento médico adecuado, centrado en reducir la producción de toxinas en el intestino, suele ser reversible si se detecta a tiempo.

Riesgo de cáncer de hígado y controles médicos necesarios

La cirrosis es el principal factor de riesgo para el desarrollo de cáncer de hígado o hepatocarcinoma. Las células hepáticas, en su intento constante por regenerarse en un entorno inflamatorio y cicatricial, pueden sufrir mutaciones que den lugar a tumores malignos. Por esta razón, el seguimiento de un paciente con cirrosis incluye necesariamente la realización de ecografías y pruebas de marcadores tumorales cada seis meses. La vigilancia estrecha permite detectar cualquier lesión en etapas muy iniciales, cuando las opciones de tratamiento son mucho más variadas y efectivas.

Tratamiento de la cirrosis y cuidados diarios para proteger el hígado

Aunque no existe un medicamento que "cure" las cicatrices de la cirrosis de forma directa, el tratamiento se centra en tratar la causa subyacente para detener el avance de la enfermedad. Si la causa es el alcohol, la abstinencia absoluta es imprescindible y puede lograr una mejoría sorprendente en la función hepática residual. Si se trata de hepatitis víricas, el uso de fármacos específicos es la prioridad. En el caso de la cirrosis metabólica, el control de la dieta, la pérdida de peso supervisada y el ejercicio físico son las mejores herramientas para proteger el tejido sano que aún queda.

En los casos más avanzados, cuando el hígado ya no es capaz de mantener las funciones vitales y las complicaciones son recurrentes, el trasplante de hígado se plantea como la opción definitiva. El trasplante ofrece una segunda oportunidad de vida a muchos pacientes, pero requiere una evaluación exhaustiva y un compromiso total con los cuidados posteriores. Mientras tanto, el tratamiento médico se enfoca en prevenir las complicaciones mediante el uso de diuréticos para la acumulación de líquidos, betabloqueantes para reducir la presión en las varices y una nutrición adecuada que evite la pérdida de masa muscular, algo muy común en los pacientes con enfermedades hepáticas crónicas.

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Preguntas frecuentes sobre la cirrosis hepática

La gestión de una enfermedad crónica como la cirrosis plantea numerosas dudas que los pacientes suelen reflexionar tras salir de la consulta. Es fundamental resolver estas inquietudes con claridad para reducir la ansiedad y fomentar el autocuidado responsable.

¿Es reversible la cirrosis hepática si se detecta a tiempo? Aunque las cicatrices profundas de la cirrosis suelen ser permanentes, el hígado tiene una capacidad asombrosa para mejorar su funcionamiento si se elimina la causa que lo está dañando. Si una persona con cirrosis por alcohol deja de beber o alguien con hepatitis C recibe tratamiento, la inflamación desaparece y el tejido que aún está sano puede trabajar de forma más eficiente, lo que permite llevar una vida normal durante muchos años.

¿Puede una persona con cirrosis llevar una vida activa? Por supuesto, y de hecho es muy recomendable. Mantener una actividad física adaptada a las posibilidades de cada uno ayuda a prevenir la sarcopenia, que es la pérdida de músculo asociada a la enfermedad hepática. Una buena musculatura ayuda al cuerpo a procesar toxinas y mejora la recuperación tras posibles complicaciones. La clave es el equilibrio y seguir las pautas de ejercicio y nutrición que marque el equipo médico.

¿Es contagiosa la cirrosis en algún caso? La cirrosis en sí misma no es contagiosa, ya que es una cicatrización del órgano. Lo que sí puede ser contagioso son algunas de sus causas, como los virus de la hepatitis B o C, que se transmiten por vía sanguínea o sexual. Sin embargo, una vez que estos virus han sido tratados o si la causa de la cirrosis es el alcohol o el hígado graso, no existe ningún riesgo de contagio para los familiares o convivientes.